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Historias sencillas · 2026-11-02

Una Leica de 1985 para hacer la portada de El País Semanal

Una contracorriente que no es frecuente ni cómoda, y que le da a este trabajo una dimensión que va más allá de la foto.

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Una Leica de 1985 para hacer la portada de El País Semanal

Una contracorriente que no es frecuente ni cómoda, y que le da a este trabajo una dimensión que va más allá de la foto.

Federico Ríos

nov 02, 2026

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En una época en la que casi todo se mira en una pantalla o se recrea con IA, hacer el retrato de un presidente para la portada de

El País Semanal

con una cámara analógica es un gesto de resistencia.

Portada en El País Semanal

La primera vez que fotografié al presidente Santos fue en octubre de 2016, hace diez años, en el Salón Amarillo de la Casa de Nariño, poco después de que recibiera el Premio Nobel de Paz, para

un artículo que escribió Michel Peyrard

en Paris Match. En esa ocasión, con la demanda de medios por entrevistas y fotos, tuve solo cinco minutos para hacer las imágenes.

Retrato a Juan Manuel Santos para Paris Match en 2016

Esta es la segunda vez que hago retratos del presidente Santos. Hace apenas quince días tuve un poco más de tiempo y por eso tomé riesgos diferentes.

Usé varias cámaras, pero sobre todo una Leica M6 de 1985 –un mecanismo alemán de diseño preciso que lleva más de cuarenta años funcionando, el santo grial de la fotografía análoga en su forma más clásica–, con un lente de 50 mm, y un rollo en blanco y negro, Kodak T-Max ISO 3200, una película negativa que no perdona ni regala nada.

No hay pantalla donde revisar, no hay borrado, no hay “lo arreglamos después”. Solo un negativo y lo que el negativo captura es lo que existe. Sin previsualización, sin archivo digital, sin edición posterior.

Leica M6 de 1985

Hicimos fotos digitales durante varias sesiones, como se hace en la actualidad: con seguridad, obturando varias veces en cada posición, en cada escenario. De alguna forma, hacer fotografía digital es fotografiar con paracaídas, con red de protección, con la certeza de que todo se puede revisar en el instante y corregir.

Durante las fotos fue imprescindible la ayuda de Natalia Roa, mano derecha del presidente. Lo fotografié en su apartamento, en su estudio; Ricardo Quintero me ayudó como asistente de luces. Luego lo fotografié en el evento de la UBPD, en el foro de la Universidad de los Andes con Angelika Rettberg y Paula Gaviria, y después en una reunión con jóvenes que apoyan el acuerdo de paz. Finalmente, junto a toda su familia, en la presentación del documental sobre los diez años de la firma del acuerdo.

Juan Manuel Santos con Paula Gaviria y Angelika Rettberg antes de su intervención en la Universidad de Los Andes.

Cargo en mi maleta varias cámaras de formatos diferentes para variar un poco, así que, además de las fotos digitales y las analógicas, hice unas polaroids con una Leica Sofort 2.

Polaroids con una Leica Sofort 2

Nada de esto habría sido posible sin Nathalia Angarita, fotógrafa, amiga maravillosa y una gran maestra de la luz. Estuvo sentada pacientemente por horas junto a un

softbox

mientras esperaba que llegáramos. Una vez nos vio entrar, prendió el flash con el que había diseñado la luz e hizo su trabajo. Había que probar las luces y estábamos solo Nathalia y yo, entonces necesitaba un

light dummy

y apareció Esteban Santos, que siempre es amable y de buen humor. “Párate aquí –le dije–, es solo para probar la luz”. Clic, clic, clic. Todo estaba en orden.

Esteban Santos

El presidente es un hombre inquebrantable y así mismo se ve en las fotos. Terminó su reunión y yo, que lo esperaba impaciente, lo conduje al lugar que tenía preparado para el último set de fotos del día.

Con lo que yo no contaba era con que Santos, el hombre imperturbable, se derrite cuando ve a su nieta Celeste y ella se muere de amor por él. Cuando estaba listo para fotografiarlo y lo puse bajo la luz, frente a mí, la niña me pidió la cámara para fotografiar a su abuelo. ¿Qué podía hacer? Le entregué mi máquina y el hombre se transformó: para mí posaba rígido y serio, un jefe de Estado, el presidente de The Elders, el Nobel de Paz; para ella era su abuelo jugando. Esperé paciente a que la niña hiciera algunas fotos y después volví a mi trabajo.

Foto de Juan Manuel Santos por su nieta Celeste

Entonces, a las 6:20 de la tarde, con todo listo y asegurado, tomé mi oportunidad y di un salto al vacío.

Puse el exposímetro frente a su rostro, medí la luz, levanté mi cámara análoga, le dije: “Un minuto más, por favor, señor presidente”, y descargué medio rollo, foto a foto.

Tuvimos poco tiempo. Sesenta segundos para dieciocho fotogramas. Después de cada clic, yo arrastraba el carrete con el pulgar, un gesto antiguo, casi un ritual, mientras el retratado me preguntaba: “¿Terminamos?”. Y yo le respondía cada vez, sin dejar de mirar por el visor: “Una más, señor presidente”.

Nathalia Angarita, maga de la luz.

Con película de alta sensibilidad y apenas un minuto de oportunidad, la luz no se improvisa: se construye desde antes, con paciencia y con ojo. Nath la dibujó para que el rostro apareciera con la dureza y la humanidad que buscábamos, y estuvo ahí, atenta, cuando el tiempo se acabó casi antes de empezar. Un resultado así tiene siempre varias manos detrás, y la de Nath fue una de las indispensables.

Listas las fotos, recogimos el equipo y salimos de ahí corriendo: esa noche tenía un vuelo a Medellín, así que puse el rollo en una bolsa de plomo para protegerlo en el paso por el escáner de rayos X del aeropuerto. Llegué a tiempo para abordar y, mientras caminaba por el pasillo hacia el avión, le escribí a Cafera, Carlos Felipe Ramírez, gran amigo y genio (loco, obviamente) del laboratorio análogo. Necesitaba revelar y escanear a contrarreloj.

La bolsa de plomo para proteger los negativos durante el viaje.

Cafera, que así se hace llamar, contestó entre la risa y el miedo y me preguntó: “¿Para qué hora lo necesitas?” No respondí y él entendió inmediatamente que este trabajo (como muchos otros que hemos hecho antes) era para antier.

Aterricé en Medellín e inmediatamente envié el rollo a casa de Cafera con otro amigo, Miguel Vélez, que es conductor, mensajero, conversador, uribista, abelardista a rabiar, experto en todo y en nada. Recogió el rollo en el aeropuerto y llegó a las 11:35 p.m. a casa de Cafera, que estaba trasnochado y, aun así, concentrado y cuidando cada detalle de manera obsesiva.

Carlos Felipe Ramírez en su laboratorio de madrugada

El genio de la fotografía analógica se encerró a esa hora en su laboratorio, trabajó como alquimista convirtiendo luz invisible en imagen, mezcló los químicos en su cuarto oscuro, reguló las temperaturas y cronometró los segundos agitando el tanque de revelado en sus manos para que los químicos bañaran el negativo.

El negativo con los retratos recién revelado

Abrió el tanque y el negativo apareció, húmedo y todavía misterioso. Ya no estábamos haciendo solo una foto: el revelado análogo parece mucho más un milagro artesanal.

Eran las 2:53 a.m. cuando Cafera me envió los escaneos de los negativos. Había fotos. Siempre es una deliciosa espera de incertidumbre entre la toma y los negativos, o si no que lo diga Robert Capa con sus fotos del Día D.

Temprano en la mañana le compartí el link al editor de fotografía. Yo había dormido poco y mis 7 a.m. ya eran casi las 2:00 p.m. en España.

Para que ese milagro llegara a un kiosco, hacía falta que alguien más se la jugara toda por la foto. Gorka Lejarcegui, editor de

El País Semanal

, lo hizo.

“¿Te puedo llamar?”, me escribió al recibir una imagen de la hoja de contactos de las fotos análogas que le envié por WhatsApp. “Oye, pero tú no has dormido nada”, fue lo primero que dijo al teléfono, y luego me pidió que le enviara los scanners de cada una de las imágenes de 35 mm.

Hoja de contactos

Poner en portada una fotografía analógica, de grano visible y textura real, en plena era del pulido digital, es ir a contracorriente. Es confiar en que una imagen imperfecta y viva dice más que una perfecta y plana con retoque de piel de durazno y filtros para los ojos y los labios. ¿Será la fotografía análoga el futuro de la fotografía documental?

¡Qué valentía, Gorka! Una contracorriente que no es frecuente ni cómoda, y que le da a este trabajo una dimensión que va más allá de la foto.

Me emociona pensar en esos dieciocho fotogramas, en el silencio entre un disparo y el siguiente, en la paciencia del retratado.

Esta portada es un homenaje a un hombre que dejó un legado en el país tras la firma del acuerdo de paz. Acompaña el texto maravilloso de Javier Lafuente,

que pueden leer aquí

.

También es una venia a un oficio lento y a toda la gente que lo sostiene: la amiga que moldea la luz, el alquimista que revela de madrugada, el editor que apuesta por lo difícil.

Un recordatorio de que la fotografía todavía puede ser un riesgo, un instante irrepetible y una conversación entre personas. “Una más, señor presidente”. Y esta vez, de verdad, valió la pena.

Gracias a Natalia Roa, Nath Angarita, Ricardo Quintero, Miguel Vélez, Carlos Felipe Ramírez, Gorka Lejarcegui y todo el equipo de

El País Semanal

.

Por supuesto, gracias al presidente Santos, primero por el acuerdo de paz, pero también, en la más mínima dimensión, por haber posado con paciencia frente a mi cámara análoga por casi un minuto entero.

Un abrazo y gracias por acompañarme leyendo esto.

Federico

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