14. Mis fotos más importantes
Obturar duele. Borrar, a veces, consuela.
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14. Mis fotos más importantes
Obturar duele. Borrar, a veces, consuela.
Federico Ríos
jul 15, 2025
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He recibido varios reconocimientos por mi trabajo reciente. Uno de ellos, el World Press Photo en la categoría Long Term Project, me llevó hasta Ámsterdam para recibir el galardón junto a colegas de distintas partes del mundo. Días conmovedores que tuve la fortuna de compartir con mi amigo y editor Santiago Escobar-Jaramillo y con Santiago Mesa, también ganador y compañero de rutas.
Durante la ceremonia, Samar Abu Elouf, una mujer y madre, fotógrafa palestina y ganadora de la Foto del Año, se paró conmigo junto a su imagen premiada y me dijo:
Aquí no hay nada que celebrar.
Cuánta razón, cuánta sensatez.
Los premios traen prensa, micrófonos y expectativas, y hay una pregunta en particular que me persigue en todos esos escenarios:
¿Cuál es tu foto más importante?
Me la han hecho tantas veces que la temo. Me quedo en blanco. ¿Una sola imagen? ¿Una serie? ¿Tal vez ninguna? Otro fotógrafo dijo que sus fotos más importantes eran las que aún no había tomado. Poderosa idea que me cautivó por un tiempo, pero creo que tampoco era la respuesta que estaba buscando para mí.
Azotando la carretera, hace poco, en medio de un viaje en moto, llegó una respuesta que me sorprendió por su claridad. No fue en un festival ni en una entrevista, sino en esa franja de silencio que se cuela con el viento por el casco.
Mis fotos más importantes son sin duda, algunas de las que he borrado.
De hecho, creo que el botón más importante de mi cámara ya no es el de obturar, sino el de borrar.
Yo sé que no es tan fácil de entender, entonces quiero compartirles dos ejemplos que ilustran esto.
En 2022 estaba en el Tapón del Darién. Subía una montaña de barro, respirando a duras penas mientras fotografiaba a los migrantes que avanzaban con la esperanza de cruzar hacia Centroamérica. En medio de esa cuesta vi venir a una mujer anciana, apoyada en palos que usaba como bastones improvisados y rodeada de personas que la ayudaban a dar cada paso. Tenía unos ochenta años. Su vestido blanco y negro estaba cubierto de barro; su cabello, empapado mientras las las gotas de sudor le recorrían cada arruga del rostro.
La fotografié mucho, obturé incesantemente porque pensaba que tenía una gran foto, llena de emociones y del dramatismo que implica este territorio hostil: el testimonio de una migración que alcanza incluso edades en las que el cuerpo ya no debería luchar contra la selva.
Cuando alcanzamos la cima, la mujer cruzó a mi lado, en silencio, solo inhalando y exhalando pesadamente a cada paso y ayudada por varias personas que la condujeron a un tronco en donde tomó asiento para recuperar el aliento. De pronto un joven se me acercó, no hablaba español, así que hablamos en un inglés precario. Con mucha humildad me pidió que borrara las fotos de su abuela. Venían de Afganistán. Me explicó que ella era musulmana, que el calor había hecho que se cayera el velo de su cabeza y que publicar esas imágenes sería una desgracia para ella y para toda la familia. Me dijo además que entendía completamente la función y la importancia del periodismo, pero que podía fotografiarlo a él o a sus otros familiares e insistió en que borrara las fotos de su abuela.
No lo pensé dos veces, tomé mi cámara y las borré. Una por una.
Salí de la selva para contarle a mi compañera periodista Julie Turkewitz sobre esto. Inmediatamente nos pusimos tras la pista y poco después
hicimos un reportaje sobre los afganos cruzando el Darién
del que esas imágenes no fueron parte. Solo pista inicial.
En otra ocasión, a principios de este año 2025 estábamos en Panamá, documentando a migrantes que habían sido deportados desde Estados Unidos. Mas de 300 personas estaban encerradas en el hotel Decapolis en el centro de Panamá, no tenían acceso a la prensa ni a abogados y mucho menos a defensores de derechos humanos, pero conseguimos entablar contacto con ellos.
Familias de Irán, Afganistán, Camerún, Bangladesh, India y China. Hablé sobre eso en un post anterior:
11. Decápolis: Babel en el trópico
Federico Ríos
·
March 3, 2025
Las autoridades de Panamá no permitían que los periodistas nos acercáramos al hotel en donde estaban los detenidos. Así que para hablar con los migrantes deportados desde los Estados Unidos debíamos ingeniarnos una estrategia.
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Desde una habitación, después de vernos con las cámaras, un hombre chino escribió con pasta de dientes su numero de Whatsapp en la ventana, empecé a hacer fotos frenéticamente mientras él escribía los números uno a uno. Le chateamos y nos respondió en audio a través de una app de traducción. Nos contó que se había convertido al cristianismo, y que eso era parte de lo que lo llevó a huir de China. Cuando le pregunté si tenía objetos cristianos con él, se alejó de la ventana y cuando regresó trajo una biblia y un Nuevo Testamento, ambos en chino. Me los mostró orgulloso y lo fotografié en la ventana de su cuarto, con los textos en mano y el rostro lleno de incertidumbre.
La comunicación no era fácil, así que la conversación fue rápida y poco profunda. Más tarde conseguimos una periodista del equipo de NYT que lo entrevistó en profundidad.
Sentí que tenía muy buenas fotos para contar esta historia. Esa noche, la periodista que habló con él, me pasó un mensaje breve pero contundente: Mr. Wang no quiere que usemos sus fotos. Él cree que poner su cara en el periódico lo pondría en peligro en caso de ser deportado a China.
Otra vez las borré. Finalmente usamos solo un recorte de la imagen en donde se ven sus manos sosteniendo la Biblia tras el vidrio, pero no su rostro.
Así que ahora, cuando me preguntan por mis fotos más importantes, creo que son esas que he borrado,
cada vez estoy más convencido de que ninguna foto vale una vida, ninguna imagen está por encima de la dignidad humana
.
Colofón.
En la vida, en general, y más en las redes sociales, solo se cuentan los logros. Pero no crean que el camino es fácil, el de nadie: hay muchos errores, muchas imágenes que nunca verán la luz, muchos silencios que he aprendido a respetar. Tal vez algún día hable también de esos fracasos. Por ahora, solo quiero decirles que he fallado muchas veces.
Recomendación
Un fotógrafo y un libro
Fabio Bucciarelli
es un fotógrafo italiano que ha documentado conflictos y guerras en todo el mundo. Acaba de lanzar la preventa de su nuevo fotolibro
Occupied Territories
y
lo pueden comprar acá
.
Occupied Territories
es el espacio y el tiempo de quienes viven bajo un asedio constante. El libro es el resultado de años de trabajo de campo entre 2013 y 2024, en Gaza, Cisjordania y Líbano.
En 2016 Bucciarelli publicó su primer libro,
The Dream
, sobre los migrantes que desde África cruzaban el Mediterráneo en pequeños y frágiles botes hacia Europa.
También pueden
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.
Gracias por leer y por ser parte de historias sencillas. Esta es una publicación autogestionada. Si tienes la capacidad de hacer una donación o contribución mensual me permites seguir parando por momentos a contar lo que ocurre detrás de cámaras. También puedes ayudarme reenviando este correo a quien creas que le pueda servir. ¡Gracias!
Hasta pronto.
Federico
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