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Historias sencillas · 2026-04-10 · 6 MIN READ

Trocha, río y aguacero

Cronología de un regreso

Federico Ríos
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Después del último sorbo de café nos despedimos y emprendimos la caminata desde la finca donde habíamos estado reporteando durante varios días. Éramos tres: Mincho, Gen y yo, avanzando entre la selva, bordeando el caño bajo la sombra de árboles centenarios.

Media hora después, el sol se apagó bajo un aguacero torrencial. Saqué la capa impermeable que siempre cargo para proteger mis equipos, pero Mincho y Gen no tenían cómo cubrirse: en minutos estaban empapados. Yo, pese a la capa, sentía el agua colándose en las botas. El aguacero no cedía y la trocha aún era larga.

Mincho cruzando el agua

“Fede, por aquí no es”, dijo Mincho, señalando con la mano derecha. “Hay que rodear ese pedazo de selva.” “¡No! Es hacia adelante”, le respondí. Nos miramos los tres, con los rostros mojados y confundidos. Estábamos perdidos. La tarde caía y la lluvia nos obligaba a agachar la cabeza. Caminamos en círculos, sin hallar la ruta. Sabíamos que debíamos pasar por una escuela rural abandonada, nuestro único punto de referencia, pero no aparecía.

Cuando escampó, lancé el dron al aire. A lo lejos vi un techo brillando en medio de la selva. “¡Esa es la escuela!”, grité. Pero al acercarnos descubrimos que era otra casa abandonada. La batería del dron se agotaba y lo hicimos regresar. Fue entonces, mientras volvía hacia nosotros, que vimos la verdadera escuela: estaba hacia la izquierda. Habíamos estado desorientados todo ese tiempo.

Con el rumbo claro, avanzamos. Entre nosotros y la escuela había un riachuelo sin puente. No queríamos perder más tiempo: nos metimos al agua. El lodo atrapaba las botas, el agua llegaba a media pierna y el miedo de caer con las cámaras era constante.

El sol salió tímido tras el aguacero cuando llegamos empapados a la escuela abandonada. Desde allí encontramos el camino y seguimos.

Más adelante cruzamos el caño Cabra, un riachuelo color caramelo de 50 metros de ancho. Los campesinos, ingeniosos, habían construido una balsa fija sobre timbos vacíos de combustible, con una cuerda atada a cada orilla. Bastaba saltar a la plataforma y halar la cuerda para llegar flotando al otro lado.

Al cruzar, encontramos las dos motos que habíamos dejado días atrás. Conduje una feroz Bajaj Platino de 100cc, sin frenos ni luces, patinando en el barro de la Orinoquía. En la selva no se trata de lujo, sino de funcionalidad.

La foto de la derecha es de Genevieve Glatsky

De pronto dejé de ver a Mincho y Gen en los espejos. Me detuve, esperé cinco minutos: nada. Temí lo peor. Regresé y los encontré: la moto de Mincho se había apagado y les costaba encenderla.

Retomamos la ruta: primero sabana, luego camino estrecho, después carretera destapada. Un trancón de vacas bloqueaba el paso y un tucán de pecho blanco cruzó con su vuelo pendular hasta perderse en la selva. Una hora más tarde llegamos al caserío, donde un café caliente nos devolvió el ánimo.

La posada en Nueva Colombia

Desde allí tomamos un bote por el río Guayabero. Caimanes y tortugas reposaban en las orillas. William, delgado y callado, con sombrero de paja hasta las cejas, manejaba el motor 40 con destreza. Tras 45 minutos llegamos al punto donde nos esperaba la camioneta de El Rolo. “Bien hermano, aquí dándole de comer a los zancudos”, nos saludó mientras nubes de mosquitos le atacaban brazos y cuellos.

1. Río Guayabero | 2. Puerto Nuevo, donde nos esperaba El Rolo

En San José del Guaviare nos dieron la mala noticia: los jueves no hay vuelos. Transbordamos los equipos a otro carro rumbo a Villavicencio. Allí tampoco había vuelo a Bogotá: solo en las mañanas. Pasamos a un tercer auto, bordeando las montañas. Al llegar, nos atrapó el trancón bogotano, agravado por llovizna y ciclovía nocturna.

Corrí al aeropuerto, guardando reloj, teléfono y monedas en el morral antes de pasar el filtro de seguridad para poder cruzar rápido. Alcancé el vuelo Bogotá–Medellín de último, justo cuando cerraban la puerta. Una tormenta con rayos y truenos sacudía el avión como montaña rusa. Nadie dormía, todos gritaban, y por las ventanas solo se veían destellos en la oscuridad.

Tras un día de carreras, camino, moto, bote, 4x4, carro y avión, llegué a Rionegro. Miguel me recogió en su camioneta blanca impecable. Como siempre hablamos de carros y coincidimos: Toyota es la mejor.

Eran casi las dos de la madrugada cuando entré a casa. Apenas unas horas de sueño, porque a las seis de la mañana empezaba el siguiente viaje.

¿Llegar para qué? Para poderse ir.

CODA

Hay un aspecto del oficio del que casi no se habla entre periodistas ni en los medios. La reportería es pura adrenalina: exige estar alerta a cada segundo, a cada sonido, a cada gesto inesperado. Todo es potencialmente significativo: una foto, una pista, una alarma. Los ojos y los oídos están siempre atentos, afilados, siempre tensos.

Pero al salir del terreno, en un avión, en un carro, o simplemente al llegar a casa, esa adrenalina se disuelve. La tensión acumulada se desploma y aparece un cansancio brutal, un agotamiento que se va acumulando durante días de monte, de vigilia constante. Es entonces cuando el cuerpo, sin la adrenalina de la alerta, se derrumba por completo.

Esto no es una carrera, es una forma de vida.


Recomendaciones

Dos fotógrafos colombianos - Ganadores del World Press Photo

Ever Mercado, de Buenaventura, y Ferley Ospina, de Cúcuta, están entre los ganadores del World Press Photo.

Ever con su serie Manacillos, la documentación maravillosa del ritual de Semana Santa en Juntas, una pequeña población sobre el río Yurumanguí que mezcla el catolicismo y las tradiciones africanas.

Ferley con su serie Nombrar la ausencia, un trabajo íntimo y poético sobre el peso de la ausencia. Colombia es el país con mayor número de madres solteras en el mundo.

Acá pueden ver estos trabajos y el resto de ganadores del World Press Photo.

Un libro

Jorge Caraballo, amigo y editor de este newsletter, lanzó hace quince días una campaña en Kickstarter para financiar su primer libro. Es un libro que escribió junto a su maestro de yoga, Andrei Ram, y está enfocado en una técnica de descanso consciente que creo que a muchos nos caería bien. Quedan 17 días de campaña (ya lograron la meta inicial pero están cerca de alcanzar el segundo objetivo). Pueden sumarse acá.


Gracias por estar ahí. Uno de los placeres de regresar es saber que a alguien le importa mi historia.

Saludos,

Federico.

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